martes, 10 de febrero de 2026

EL RELOJ DEL CÁNCER INFANTIL: EL TIEMPO PUEDE SALVAR VIDAS

     La experiencia clínica en oncología pediátrica demuestra que iniciar tratamiento pocos días después del diagnóstico puede impactar de forma decisiva la supervivencia.

En el cáncer infantil, el tiempo es un factor clínico determinante. La rapidez con la que se identifica la enfermedad influye directamente en las posibilidades de supervivencia, en la intensidad de los tratamientos y en la calidad de vida a largo plazo de niños, niñas y adolescentes. En el marco del Día Internacional del Cáncer Infantil, el Hospital Infantil Universitario de San José hace un llamado a reforzar el diagnóstico temprano como una de las estrategias más efectivas para mejorar los desenlaces clínicos en oncología pediátrica.

A diferencia del cáncer en adultos, el cáncer pediátrico es, en la mayoría de los casos, una enfermedad que no puede prevenirse. Mientras en la población adulta existen factores de riesgo claramente identificados (como enfermedades crónicas o exposiciones ambientales), en niños y adolescentes no suele existir un factor desencadenante evidente, lo que convierte a la detección temprana en el principal determinante del pronóstico.

“En oncología pediátrica no hablamos de prevención en el sentido tradicional. Nuestro mayor margen de acción está en identificar la enfermedad lo antes posible para iniciar el tratamiento en el momento adecuado y con las mejores condiciones clínicas”, explica el Dr. Giovanny Rincón Oyuela, médico cirujano, pediatra y hemato-oncólogo pediatra del Hospital Infantil Universitario de San José.

Uno de los mayores retos en el diagnóstico temprano del cáncer infantil es que los primeros síntomas suelen ser inespecíficos y similares a los de enfermedades frecuentes en la infancia. Por esta razón, la observación clínica y la vigilancia frente a síntomas que no evolucionan como se espera resultan fundamentales.

Fiebre persistente sin causa aparente, pérdida de peso significativa en pocas semanas, cansancio marcado, palidez intensa o la aparición de moretones sin golpes previos son algunos de los signos que deben llamar la atención. A esto se suma la presencia de masas o “bultos” en cualquier parte del cuerpo, incluidas las masas abdominales, y en el caso de los niños, la revisión de los testículos, donde también pueden encontrarse hallazgos relevantes. Los sangrados espontáneos, como epistaxis o sangrado de encías sin causa clara, son otro signo de alerta.

“Más que un síntoma aislado, lo que debe alertar es la persistencia. Cuando algo no mejora, reaparece o progresa, incluso si al inicio parecía benigno, es necesario insistir en su estudio. Esa insistencia clínica es la que permite sospechar a tiempo”, señala el especialista.

Las leucemias, los linfomas y los tumores del sistema nervioso central representan la mayor proporción de los casos de cáncer en niños y adolescentes. Aunque existen otros tumores menos frecuentes, todos comparten un desafío común: pueden iniciar con manifestaciones clínicas poco específicas.

En este contexto, el diagnóstico temprano cobra especial relevancia, ya que permite ofrecer tratamientos más oportunos y mejorar de manera significativa los resultados clínicos.

“Cuando el diagnóstico se realiza en etapas tempranas, no solo aumentan las probabilidades de supervivencia, sino que también es posible reducir la intensidad de algunos tratamientos y el riesgo de secuelas a largo plazo”, explica el Dr. Rincón.

El impacto del diagnóstico temprano se potencia cuando va acompañado de una atención organizada, oportuna y continua. Desde la experiencia del Hospital Infantil Universitario de San José, la coordinación clínica y la atención especializada han sido determinantes para lograr mejores resultados en oncología pediátrica.

En la práctica institucional, la mayoría de los pacientes pediátricos inicia tratamiento en un tiempo clínicamente adecuado una vez se confirma el diagnóstico. En el caso de la leucemia linfoblástica aguda tipo B, uno de los cánceres más frecuentes en la infancia, se ha reportado un inicio del tratamiento alrededor de los seis días posteriores al diagnóstico, un indicador clave en una enfermedad donde actuar con rapidez es fundamental.

Un análisis institucional que incluyó 167 pacientes tratados entre 2015 y 2020, con predominio de leucemias, linfomas y tumores del sistema nervioso central, evidenció una supervivencia global a cinco años del 83,2 %, reflejando el impacto de contar con atención especializada, equipos entrenados y tratamientos completos cuando se logra mantener la continuidad del cuidado.

“Los buenos resultados dependen no sólo del diagnóstico, sino de que el tratamiento pueda iniciarse y mantenerse sin interrupciones. En cáncer infantil, la oportunidad y la continuidad hacen parte del mismo proceso”, afirma el profesional.

En esta conmemoración, el Hospital Infantil Universitario de San José subraya la necesidad de actuar con prontitud ante señales clínicas que se apartan de la evolución habitual, entendiendo que en oncología pediátrica el factor tiempo incide directamente en la efectividad de las terapias y en el pronóstico a largo plazo. Identificar de manera temprana, confirmar sin dilaciones y acompañar de forma continua son acciones que siguen siendo decisivas para mejorar los resultados en cáncer infantil.

  

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