“El sueño es tan importante para la vida como comer, respirar o tomar agua. Es de vida o muerte. En los últimos 30 años hemos normalizado robarle horas a la noche. Las pantallas, el streaming y las redes sociales nos mantienen enganchados”, explica Leonardo Palacios Sánchez, profesor de la Universidad del Rosario y neurólogo adscrito a Colsanitas.
Mientras
el cuerpo descansa, el cerebro entra en una fase de alta actividad en la que
organiza recuerdos, procesa emociones, fortalece conexiones neuronales y activa
mecanismos de depuración que solo funcionan durante la noche. Estudios
publicados en revistas científicas especializadas han demostrado que la
privación del sueño puede favorecer procesos inflamatorios y la acumulación de
proteínas asociadas con enfermedades neurodegenerativas.
Uno
de los descubrimientos más relevantes en la investigación del sueño es el
funcionamiento del sistema glinfático, una red encargada de eliminar desechos
metabólicos del cerebro durante el descanso profundo. Cuando las horas de sueño
son insuficientes, este proceso de limpieza se reduce, lo que puede afectar
funciones cognitivas esenciales como la memoria, la atención, la capacidad de
aprendizaje y la regulación emocional.
Dormir
poco también tiene efectos visibles en la vida cotidiana. La privación crónica
del sueño se asocia con mayor irritabilidad, dificultades de concentración,
aumento del apetito, errores en tareas diarias y un mayor riesgo de
enfermedades cardiovasculares y metabólicas. Además, puede incrementar la
probabilidad de microsueños y accidentes, especialmente en actividades que
requieren atención sostenida.
Dormir
entre siete y nueve horas permite completar los ciclos necesarios para la
restauración física y mental, como recomiendan organismos internacionales como
la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la World Sleep Society. Mantener
una adecuada calidad del sueño contribuye al fortalecimiento del sistema
inmune, la estabilidad emocional y el adecuado funcionamiento cerebral.
Adoptar
estos hábitos sencillos puede marcar una diferencia significativa en la calidad
del descanso:
●
Dormir entre siete y nueve horas cada
noche.
●
Mantener el dormitorio en oscuridad y
con pocos estímulos.
●
Evitar el uso de pantallas electrónicas
antes de dormir.
●
Establecer rutinas nocturnas que
faciliten la relajación.
● Mantener
horarios regulares para acostarse y despertarse.
Los
especialistas coinciden en que dormir bien no debe entenderse como un lujo o
una pausa improductiva, sino como una necesidad biológica que impacta
simultáneamente la salud física, mental y emocional. En un entorno cada vez más
digitalizado, recuperar el descanso nocturno se convierte en una de las
estrategias más accesibles y efectivas de medicina preventiva para mejorar la
calidad de vida.

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